Diseño vs IA
¿Nuestra disciplina tiene sentido solo bajo estas reglas de mercado?
Hace veinte años me preguntaba en Foro Alfa si nuestra disciplina cobraba sentido únicamente bajo las
reglas del mercado.
En aquel Buenos Aires de 2006, el caos era físico. Veinte años después, se sumó el de las pantallas.
En este ecosistema saturado, asistimos al avance de la inteligencia artificial, capaz de resolver problemas
de comunicación en segundos. Logotipos, fotografías de producto, piezas editoriales y campañas enteras están
a un prompt de distancia. La última frontera del mercado ha sido, finalmente, automatizar aquello que nos
definía: la capacidad de crear.
Diseñar es un acto profundamente humano. Nace de la necesidad visceral de comunicar, de tender un puente formal y cultural entre personas. Es una práctica social. ¿Cómo es posible que hayamos aceptado con tanta naturalidad delegar el diseño en un algoritmo que no siente, no habita nuestras calles, ni entiende el peso de nuestra historia?
Quizá la respuesta sea incómoda: la IA no vino a robarnos el alma; vino a demostrar que la habíamos entregado
hace rato. Si durante décadas vaciamos la profesión para convertirnos en operarios eficientes del capitalismo
salvaje; si nos acostumbramos a diseñar sin pensar, repitiendo fórmulas para marcas globales; si redujimos el
diseño a la métrica y al clic... ¿por qué debería sorprenderme que una máquina lo haga mejor y más
rápido?
El mercado descubrió que somos un intermediario lento y costoso si lo que vamos a producir es esta clase de
diseño. Si antes aceptamos el caos de las medianeras, hoy nos acostumbramos a ver torres suntuosas deshabitadas,
con familias durmiendo en sus umbrales. El contraste actual es ese: una IA atiende al cliente. Un trabajador
pedalea. Y la pizza llega a su destino. Eso sí es muy humano. Nuestra complicidad está consumada. El mercado
ya no necesita nuestro criterio para automatizar ese caos.
No se trata de ponernos románticos ni de ensayar un discurso tecnofóbico. El capitalismo y la tecnología son
las reglas de juego. El problema es la renuncia. Es vernos fascinados entregando nuestro criterio a una caja que
combina patrones de imágenes robadas, repitiendo el vicio de clonar identidades ajenas de manera
automática.
¿Qué nos queda entonces? Si la resolución técnica ya está resuelta, ¿cuál es nuestro rol? ¿Vamos a resignarnos a ser editores de lo que un software procesa? ¿O vamos a recordar que la comunicación es un diálogo entre humanos?
La tecnología nos ha desnudado. Ya no podemos escondernos detrás de la destreza técnica o de la velocidad de
entrega. La trampa no es la inteligencia artificial; es nuestra propia pereza intelectual y la comodidad de
seguir siendo funcionales a un sistema que prescinde de nuestra humanidad. ¿Vamos a empezar a diseñar en serio
o vamos a dejar que el algoritmo decore nuestro propio funeral profesional?
Mi cuestionamiento original de hace dos décadas hoy evolucionó en esta sospecha. La renuncia sigue siendo la
misma.
Después de todo, veinte años no es nada.